domingo, 1 de agosto de 2010

Historia de una bailarina (lll) 2º parte. Final

La profesora dio por finalizada la clase con dos sonoras palmadas. Todas las chicas se dejaron caer al suelo agotadas. Menos Abbie, que inmediatamente se dirigió hacia los escalones que bajaban de la tarima, donde yo me encontraba. Parecía estar tan fresca como antes de empezar a ensayar.

Bajó los escalones con esa gracia suya y se plantó ante mí. De cerca era incluso más guapa.

-Ho-hola- dije. Sentía la lengua como un trapo.

-Hola- me respondió ella apartando la mirada durante un segundo. -¿Y…bien?- preguntó con cierta impaciencia.

En aquel mismo instante todo el discurso que tenía preparado pareció esfumarse de repente. En su lugar sólo acerté a balbucear un:

-Me…gustó mucho tu actuación el otro día-. Traté de sonreír, pero en su lugar sólo me salió una estúpida mueca que acentuaba mi imagen de idiota.

-Oh… gracias- me respondió con una leve sonrisa-.Eres… muy amable.

-Sí, bueno, yo…- “Mierda”, pensé. Aquello no iba como tenía planeado. Así no iba a poder decírselo…

-¿Tú…? –me instó a continuar. La voz de su profesora llamándola nos sobresaltó a ambos-. Oye… tengo que seguir ensayando. Si no quieres decirme nada más…

-¡No! Yo, bueno, quería decirte que…- de nuevo los nervios me cerraron la garganta.
Se volvió a oír la voz de la profesora reclamándola, esta vez con más insistencia.

-Oye… tengo que irme. Gracias por venir a verme y… por los zapatos. Ya… nos veremos en otra ocasión.

Se dio la vuelta y se encaminó hacia el escenario de nuevo. Y con ella, se iban todas las esperanzas que había albergado desde el momento en el que vi sus zapatos allí tirados. Todo por mi cobardía.

No podía acabar así.

-¡Espera!-grité a la desesperada, haciendo que se girara sobresaltada. Me acerqué a ella y le sujeté la cara con ambas manos-. Tienes algo en la cara. Déjame un segundo…

Le coloqué los pulgares sobre ambos párpados y ella los cerró, algo reticente. Le froté suavemente las pestañas un par de veces hacia abajo. A la tercera, le sujeté con toda la delicadeza posible las pestañas y, haciendo acopio de valor, la besé.

Fue un beso corto. Apenas dos segundos con sus labios pegados a los míos. Me recorrió una descarga eléctrica tan placentera que durante aquellos dos breves segundos el mundo pareció detenerse.

Al abrir los ojos, el peso de la realidad volvió a caerme encima. El miedo a su reacción, a que hubiera ido demasiado rápido, a que me rechazara… todo ello se apoderó de mí. Traté de serenarme, y levanté los dedos de sus ojos demorando el final lo máximo posible. Ella los mantuvo un segundo cerrados, y los abrió con lentitud.

Al hacerlo, su mirada me dijo que no me había equivocado.

-Te quiero- le susurré.

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